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Almudena Ncogo Eyong, fundadora de Jabones Esini

“Empecé fabricando 50 pastillas de jabón y ahora estoy con una tirada de 650”

Almudena Ncogo Eyong
Photo Credit: GE Emprende

Desde su aparición en el año 2016, Jabones esini no ha parado de crecer. Hoy, aquel proyecto que nació a raíz de los estudios de Secundaria de su creadora, factura 650 pastillas de jabones mensuales. Su fundadora nos cuenta cómo ha podido consolidar esta iniciativa casera.

En casi todos los rincones de su casa hay algo que recuerda a sus jabones, como los restos de ralladura de limón o de papaya. Almudena Ncogo Eyong, ecuatoguineana de 31 años, tiene un título en técnico de Telecomunicaciones, casa, esposo, hijo y un negocio que estableció a raíz de sus estudios de tercero de la ESO, en España. “En el laboratorio de Física y Química tuvimos un experimento en el que nos enseñaron a fabricar jabones, vidrios, cristal… Me llamó mucho la atención porque la profesora nos pidió que trajésemos los ingredientes principales que eran sosa cáustica y aceite, preferiblemente reciclado. Muchos años después, ya en Guinea, me acordé de aquel experimento y decidí empezar a hacer detergente líquido en mi casa. Aparte de que era más económico, sabía qué ingredientes estaba mezclando”. Precisamente, esa preocupación por la composición de los detergentes industriales es una de las razones principales que está detrás del proyecto. “Al llegar aquí procedente de España, me di cuenta de que todos los productos eran muy caros, pero, además, cuando lavabas la ropa de color, perdía su intensidad con el paso del tiempo porque muchos contenían lejía. Y me pregunté ¿por qué gastar dinero en comprar algo que puedo preparar yo misma? Y así fue como arranqué en 2016.”

Jabones para cuidar la piel

En un principio el proyecto iba a cubrir exclusivamente las necesidades familiares, pero poco a poco empezó a extenderse el boca a boca y se decidió a vender sus detergentes en la calle. El primer escollo que encontró fue que sus productos no tenían esencia, “no olían bien y eso desanimaba a la gente. Así que me planteé sustituir los detergentes por jabones que ayudasen a cuidar la piel. Y así podía resolver un problema social. Me informé sobre los productos que podía añadirle al jabón para que cumpliese esa función cosmética y dermatológica y que no fueran difíciles de encontrar y arranqué”.

Su primera propuesta fue con el café. “Gustó mucho a la gente porque tenía efecto exfoliante y dejaba la piel muy suave e hidratada. Añadí el de papaya, pero ese no tuvo tanto éxito porque no aclaraba la piel tanto como la gente está acostumbrada. Es decir, aclara la piel a través de los componentes propios de la papaya, pero no le añado ningún componente extra para acelerar el aclarado”.

Hoy la oferta es bastante amplia e incluye otros ingredientes, como el limón, precisamente uno de los componentes con los que más problemas tiene a la hora de abastecerse. “Este es uno de los retos más importantes. Para todos los productos, ya tengo un sitio fijo donde comprarlo. Los limones son por temporada y los proveedores todavía no se han tomado en serio el compromiso con su cliente. Más de una vez me he desplazado distancias con la promesa de su suministro y, al llegar, me he encontrado con que no había ningún limón. Esto ya me ha obstaculizado, por decirlo con palabras leves, porque sin limones, no puedo hacer jabones. Para no parar la producción, tuve que buscar la manera de conservar la ralladura de limón en cuanto la consigo: la pongo en bolsas y la congelo. Así tengo ralladuras para todo el año y no tengo que parar la producción”.

“Fuera de nuestro país se valoran muchísimo los jabones porque los productos que se utilizan allá no son aptos para nuestra piel”

Almudena Ncogo Eyong

La diferencia frente al industrial

Tiene muy claras las ventajas de su producto frente al jabón industrial, “la gran diferencia está en el propio carácter artesanal del producto. Por ejemplo, la cantidad de limón que yo pongo para cinco pastillas no tiene nada que ver con la que ponen los fabricantes industriales. Ellos quieren producir más y gastar menos y yo busco que todo el que utilice mi producto esté contento”.

Hoy es incapaz de llevar la cuenta de sus clientes porque en apenas tres años ha pasado de las 50 pastillas de jabón en una única tirada a las 650 unidades que fabrica al mes. “Yo misma manejo una aproximación de 80 clientes. Más los que me llaman. Más los que compran online. Mi madre va a Bange, a la Tesorería, al Mercado Central, a muchos lugares… De momento no tengo un punto de venta fijo porque se está legalizando la empresa. La gente contacta conmigo y también tengo algún que otro vendedor, a estos les rebajo los precios y les permito que aumenten algún 500 FCFAS sobre los productos; pero más de esto, no. He tenido clientas que lo han vendido hasta en 5.000 FCFAS y he dejado de suministrárselos. Es un producto que se fabrica aquí, que no ha pagado aduanas ni impuestos. ¿Por qué subirlos hasta este precio?”

El esfuerzo para poder abarcar toda la producción es enorme. “Trabajamos mi esposo y yo principalmente, mi madre para la parte comercial y mi hijo alguna vez. Pero yo tengo que compaginarlo con el trabajo de Telecomunicaciones, de manera que prácticamente sólo le puedo dedicar los domingos. Mi objetivo es llegar a poder dedicarme en exclusiva a la fábrica de jabones de aquí a dos años. Uno de los beneficios que tiene este proyecto, es generar empleo, sobre todo si se mantiene el carácter artesanal, porque si yo introduzco una pequeña industrialización, del tipo de una batidora, ya le quito el trabajo a casi tres personas. El mezclado, el cortado, el forrado… La idea es que la gente no esté en el paro. Si contamos desde el carpintero que fabrica los moldes hasta el vendedor ambulante que va a llevar el producto en su carretilla, hablamos de que este es un proyecto que puede dar trabajo más o menos a 10 empleados. De hecho, la idea es apostar por la inclusión, promoviendo el trabajo entre mujeres solteras, gente con capacidad reducida o algún tipo de problema que le dificulte el acceso al mundo laboral.”

“A nivel laboral, la idea es apostar por la inclusión, promoviendo el trabajo entre mujeres solteras o gente con capacidad reducida”

Almudena Ncogo Eyong

Hacia la visibilidad

Hasta el momento apenas ha participado en ferias y eventos, “en el Black Market de hecho me quedé a las puertas porque acababa de hacer la producción y los jabones no estaban todavía aptos para venderse”. Donde sí participó fue en un concurso organizado por el Instituto Francés de Guinea Ecuatorial, el IFGE, celebrado el pasado 8 de marzo del 2019, y fue una de las ganadoras. “Mi esposo pasaba por allá, vio la publicidad y me habló de ella. Le dije que no tenía tiempo. Él mismo fue y rellenó el formulario por mí, me dijo que sólo faltaba que explicara el proyecto, que pusiera mi foto y firma, y lo llevara. Me llamaron y expuse el proyecto.”

Y el resultado es que ya ha seducido a alguna entidad bancaria, interesada en financiarla. “Yo pedí 5.670.000 de FCFAS y lo están valorando. Pero creo que me he quedado corta, debería captar 2.000.000 más para crecer más”. Lo cierto es que esta financiación externa no le corre excesiva prisa, porque, de hecho, todavía no ha formalizado la petición. “Si optase a la financiación, sería para temas relacionados con la visibilidad, el empaquetado… Antes los vendía sueltos, pero los clientes cada vez exigen más. Ahora los envuelvo con papel y pongo la pegatina que yo misma estoy haciendo…”

Cuidadosa y flexible con los precios, tiene estrategias de publicidad para visibilizar sus productos y aprovecha sus viajes al extranjero para “internacionalizarlos”: “cuando viajo suelo llevar algunos jabones conmigo. Me voy a España una vez al año, cuando tengo vacaciones. Se valoran muchísimo porque los productos que se utilizan allá, no son aptos para nuestra piel. Además, se suelen quejar del tiempo que pasa hasta que vuelvo. Así que les animo a que hagan pedidos más grandes, que les duren un año. Una de mis clientes es una señora alemana, que trabaja aquí y cada 15 días se va a su país. Ella pide diferentes, de limón, papaya, cacao… en total 20 pastillas. Al ser personalizadas, vendo la pastilla a 3.000 FCFA. En los productos normales, el precio oscila entre los 1.000 y los 2.000 FCFA. Conmigo hay flexibilidad de precio”, concluye.

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